a favor de la perplejidad

Entre la ignorancia y la certeza, entre el escepticismo y el dogmatismo, existe un territorio, una perturbación muy fértil. Sutil. Tensa.
El estado mental más afortunado del complicado juego de propósitos, vaguedades, preferencias, cálculos y sentimientos en que se convierte toda búsqueda creativa. Toda actitud vital.
Se trata de un suspiro interno, animado por la duda, la sorpresa y el asombro. Por el método, la eficacia y el esclarecimiento. Como elocuentemente dijo Mann capaz de “infundir el entusiasmo del espíritu en la materia”.

Aquellos “inicios” de silencio y luz que proclamó amar Kahn, o la compleja y contradictoria “vitalidad confusa” de su discípulo Venturi, incluso la más cercana “habitación vacante” de Navarro no son sino expresiones de un mismo umbral de conciencia. Inspiración pura.
En cada paso del vacío a la intuición, en cada salto circense de lo abstracto a lo concreto, la perplejidad se muestra como una más que valiosa habilidad, como un don irrenunciable.
Sin perplejidad, sin incertidumbre activa, no hay ocurrencias. No hay aprendizaje.
Es el resorte de la creación.

Lejos de su acepción más común que la entiende como una suerte de confusión o de torpe irresolución, la perplejidad supone una afortunada manera de estar y de pensar frente al mundo.
La palabra tiene su origen en el término ”perplexitas” (per- intensidad, totalidad, y -plectere plegar,enredar, tejer), es decir, su significado literal podría ser “intensamente enredado”. Lo perplejo (per-plex) está vinculado, por tanto, con lo complejo (con-plex) y opuesto a lo simple (sin-plex).
La complejidad, paradójica relación de lo uno con lo múltiple, es efectivamente el tejido de eventos, acciones, interacciones, determinaciones y azares que constituyen nuestro mundo. Y su carácter global e irreductible nos lleva de manera natural a la perplejidad.

Valéry va más allá. Enuncia que el estado que produce la complejidad no es sólo la perplejidad del espíritu humano. Aporta otro estado muy cercano, intermedio. Habla de la excitación producida por lo que nos sobrepasa y nos sorprende provocando en nosotros un “despertar”. Denomina a este estado “implexo” (enlazado) y lo entiende como “la capacidad de sentir, reaccionar, hacer, comprender y resistir de un sujeto que intenta recomponer sus habilidades y maniobrar sus pensamientos en búsqueda de nuevas estrategias frente a lo real”. Es una actitud intensa que más allá de remitirnos nuevamente al simple entendimiento y a la cómoda reducción esquemática de lo ya sabido (lo fragmentado y acotado) nos reenvía a una especie de renacimiento de la situación, a un repensar dinámico provocado por la perplejidad ante la complejidad.

Baricco escribe que el mundo, nuestro complejo mundo, está mutando, y que estamos ante la hegemonía creciente de los que denomina “bárbaros”. Los que rompen las convenciones de la civilización e inventan nuevas fronteras. Argumenta que ahora, en todos los ámbitos y cada vez más, prima la búsqueda de la espectacularidad (la experiencia), la mengua del esfuerzo a favor del placer, prevalece lo horizontal (superficial) frente a lo vertical (profundo), lo colectivo frente a lo individual, proliferan las redes… el movimiento, la comunicación y la conectividad. Y en todos estos frentes revolucionarios, tan emergentes como reales, destaca el invariante feliz de la perplejidad. Ante la historia, ante la naturaleza, ante la técnica, ante las creencias, ante las fronteras…
Es un signo de nuestro tiempo. Y de nuestro espacio.

Gracias a la efervescente complejidad que nos rodea el ser humano está impulsando, una vez más, las fructíferas potencialidades de la perplejidad. Se están dando las condiciones necesarias para esperar un prodigioso resurgir creativo.

Perplejos estamos.

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